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DALÍ EN MALASAÑA

Hablar de Dalí es pensar en las influencias de su Figueras natal, en las formas reconocibles de la Bahía de Portlligat o en los influjos parisinos del grupo surrealista.

Pero lo cierto es que un día Dalí (Figueras 1904-Ibídem 1989) también encontró su inspiración en las tertulias de los cafés literarios de Madrid, en su estrenada novedad de la vida nocturna madrileña y en las profundas amistades forjadas entre las mentes más brillantes de la cultura española del siglo XX.

Sería en la célebre Residencia de Estudiantes de Madrid donde se alojaría desde 1922 hasta 1926, con la intención de formarse como pintor en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, donde quedaría mayor poso de su presencia en la ciudad.

La Residencia de Estudiantes se convirtió en sí misma en un foco de formación, no solo a nivel académico, sino de configuración de su propio personaje, al entablar amistad con un grupo de jóvenes que con el tiempo se convertirían en destacadas personalidades intelectuales y artísticas de nuestro país. Luis Buñuel, Federico García Lorca, Rafael Barradas, Eugenio Montes o Pepín Bello, fueron partícipes y contribuyeron al nacimiento del Dalí que ha llegado hasta nuestro días, fruto de la necesidad de posicionarse en un ambiente intelectual de orden superior y con un fuerte conjunto de personalidades creativas.

«Dalí en Malasaña» es la excusa para poner en valor la importancia de la etapa madrileña del pintor a través del conjunto de obras que forman la exposición y que, aunque posteriores en el tiempo, nos ayudan a entender visualmente la influencia que esta etapa ejercerá en su carrera y en su producción a lo largo de su vida.

Este periodo estará marcado por su amistad con Lorca, con el que desarrollaría toda una terminología propia, a base de signos y símbolos que serán posteriormente utilizados en toda su obra y que establecería un nuevo orden surgido al calor de las vanguardias europeas, como el cubismo, con el que se sintió más identificado durante esta etapa. Los referentes clásicos provenientes de sus visitas al Museo del Prado serán otra de las señas de identidad del ciclo, así como el de los grandes descubrimientos que calarán en la obra de Dalí: el de la ciencia como musa y el de la obra de Freud, que acabará acercándole al surrealismo en un futuro próximo.
Las quince piezas de obra gráfica que forman parte de la muestra, fechadas entre 1954 y 1974 y pertenecientes a una fase tardía en la vida del artista, son un viaje introspectivo hacia la búsqueda de las reminiscencias de esta primera etapa contextualizada en Madrid.

Su selección responde al intento de reflejar, como aún en épocas subsiguientes, que las características propias de este temprano periodo siguen latentes en su pintura. El influjo de esta primera etapa se dejará notar en la obra elegida para «Dalí en Malasaña» en los referentes clásicos bebidos del Museo del Prado, como su obsesión por Velázquez o el surgimiento de las famosas nubes dalinianas tomadas de la obra de Andrea Mantegna, y por el surgimiento de iconografía que se hará recurrente a lo largo de toda su carrera.

Las piezas elegidas para reflejar el legado que Madrid dejó en Dalí han sido seleccionadas de entre más de 40 obras —con técnicas que van desde la xilografía al grabado o la litografía— procedentes de su círculo más cercano, de la colección privada de Denise Rigal (editora de Dalí) y Robert Descharnes, principal garante de la imagen de Dalí en el mundo y encargado de realizar los certificados de autenticidad de gran parte de su obra.

La importancia del grabado en la producción del artista se ha visto ensombrecida tradicionalmente por la espectacularidad de su obra única, permaneciendo en el desconocimiento el hecho de que en la década de los 70, periodo al que pertenecen la mayor parte de las obras seleccionadas, Dalí se consagró a esta técnica (el grabado). Esta exposición se presenta como una oportunidad única para bucear en la obra gráfica de Dalí y en las reminiscencias que su etapa en Madrid dejó en su obra posterior.

«Dalí en Malasaña» no es más que el anhelo de acercar, a través de su obra, el espíritu daliniano al corazón de Madrid, en donde un día residió. La extravagancia del carácter y atuendo del joven Dalí bien podría formar parte del paisaje diario de este trozo de Madrid, en el que acabó siendo aceptado por ese grupo de intelectuales de la denominada «vida moderna», entendida como el nuevo mundo de la cultura visual, el cine, o la publicidad.

Categoría: Exposiciones

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